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miércoles, 3 de junio de 2009

Piropos de época...


El viernes pasado fue la fiesta de graduación de segundo de bachillerato de mi instituto y la cena parecía más bien la celebración de una boda, pero estuvo bien porque los alumnos se lo pasaron genial y eso que no había alcohol. Algo increíble la verdad, pero al ser menores se respetó bastante bien el tema.
Bueno a lo que iba. Para mi dicha cena fue bastante reveladora. Me senté al lado de mi jefe de estudio, Alfredo, y resultó que su madre y mi madre fueron vecinas en mi barrio de El Perchel a principios de los cuarenta.
Ambos coincidíamos en lo dura que era la vida en esa época en un barrio de trabajadores y pobres. Pero también había un sentimiento que creo perdidos hoy.
Mi madre me contaba que iba por la calle con 18 años y los hombres le tiraban las capas a sus pies para que la pisara, era uno de los más altos piropos de la época. Cuando iba a comprar el pan el tendero siempre colaba a los demás clientes porque le decía a mi madre que cuánto más tiempo la tenía en la tienda, más agradable le resultaba trabajar.
Mi madre con su timidez, se quedaba horas en la panadería y luego tenía que escuchar pacientemente la bronca de mi abuela por haber tardado tanto.
Hoy todo esto sería tachado de acoso sexual.
Yo me quedo con el componente romántico y con el orgullo de las capas pisadas por mi madre en las calles de mi querido Perchel.

miércoles, 1 de abril de 2009

Virgen de los Dolores

Hace unas semanas se publicó un libro sobre la quema de conventos en Málaga y me he encontrado con una gran alegría.
Resulta que mi padre nos contaba que cuando quemaron la iglesia de San Pedro, mi tía abuela junto con mi abuela, cogieron a la virgen de los Dolores de la cofradía de la Expiración que no se estaba quemada, la envolvieron en una manta y se la llevaron a casa con el riesgo que eso suponía.

Toda la familia decidió guardarla en la azotea en un cuartillo en el que se guardaban trastos para que, si iban a registrar, no la encontraran pues allí nunca subían.
Durante algo más de dos meses la tuvieron escondida y solo subían para rezar pero siempre con mucho cuidado porque los vecinos podían sospechar.
Cuando todo se calmó lo suficiente como para confesar lo que habían hecho, se la entregaron a un hermano de la cofradía para que estuviera más segura.
Esta historia ha aparecido en ese libro con el nombre de la familia de mi abuelo.
Quién iba a decirnos que tantos años después esta historia iba a salir a la luz sobre todo porque muchos hermanos no querían creer que dos mujeres humildes y creo que sin ser muy conscientes de las posibles consecuencias que podrían haber sufrido, hubieran salvado a su virgen.

Solo espero que mi padre desde el cielo y junto a su virgen de los Dolores, esté disfrutando de que todo el mundo pueda leer la historia de dos percheleras que salvaron a su virgen escondida en una manta.

martes, 24 de marzo de 2009

MONOS EN LA CIUDAD

Hace un par de domingos estuve merendando en casa mis amigos David y Reyes y tuvimos una conversación sobre monos y cómo cuando mi amiga Susana era pequeña había una tienda en Córdoba que tenía un mono enjaulado como atracción hacia sus clientes. Algo imposible en nuestros días.
Entonces recordé una anécdota que le pasó a mi madre cuando yo era una dulce niña..
Normalmente, mi hermano Pepe bajaba a comprar el pan para el desayuno antes de ir al colegio, pero ese día hacía mucho frío y mi madre se compadeció de él dejándolo dormir un rato más y bajó ella a comprar los bollitos de pan.
A los tres minutos de cerrar la puerta de casa, oímos dos gritos seguidos, el primero de mi madre, el segundo no sabíamos de quién era.
Esta gran mujer volvió a subir las escaleras de los tres pisos hasta llegar a casa en un visto y no visto. Llegó con la cara blanca. Resulta que al llegar al portal, siente que algo le cae sobre el hombro. Mira, y era un mono de unos 15 kilos de peso (bastante grande). Y dio el primer grito, y acto seguido el mono dio el segundo grito. Mi madre se empezó a sacudir el brazo hasta que por fin el mono se soltó.
El mono trepó hasta llegar a nuestra ventana. Nos miraba fijamente y mis hermanos y yo lo mirábamos como si estuviéramos viendo ¡el mayor espectáculo del mundo! Ahí se quedó casi cuatro horas, hasta que la policía subió y le tiró un dardo tranquilizante que no le acertó y éste se fue brincando por los tejados.
Debo decir que aparte de la gran aventura que fue tener un mono en nuestra ventana y que atacó a nuestra madre, ese día nos libramos de ir colegio al día siguiente fuimos los alumnos más populares de todo el cole.