
El viernes pasado fue la fiesta de graduación de segundo de bachillerato de mi instituto y la cena parecía más bien la celebración de una boda, pero estuvo bien porque los alumnos se lo pasaron genial y eso que no había alcohol. Algo increíble la verdad, pero al ser menores se respetó bastante bien el tema.
Bueno a lo que iba. Para mi dicha cena fue bastante reveladora. Me senté al lado de mi jefe de estudio, Alfredo, y resultó que su madre y mi madre fueron vecinas en mi barrio de El Perchel a principios de los cuarenta.
Ambos coincidíamos en lo dura que era la vida en esa época en un barrio de trabajadores y pobres. Pero también había un sentimiento que creo perdidos hoy.
Mi madre me contaba que iba por la calle con 18 años y los hombres le tiraban las capas a sus pies para que la pisara, era uno de los más altos piropos de la época. Cuando iba a comprar el pan el tendero siempre colaba a los demás clientes porque le decía a mi madre que cuánto más tiempo la tenía en la tienda, más agradable le resultaba trabajar.
Mi madre con su timidez, se quedaba horas en la panadería y luego tenía que escuchar pacientemente la bronca de mi abuela por haber tardado tanto.
Hoy todo esto sería tachado de acoso sexual.
Yo me quedo con el componente romántico y con el orgullo de las capas pisadas por mi madre en las calles de mi querido Perchel.